
La vida a menudo nos sorprende con giros inesperados, como el reto de mi pastelería en casa durante la pandemia. Cuando mi hija y yo nos instalamos en nuestro primer departamento en una nueva ciudad, sentíamos que teníamos un rincón de privacidad, un lugar que podíamos llamar nuestro. Aunque modesto y con muebles donados, ese espacio era el resultado de mi esfuerzo, y por fin teníamos un lugar para nosotras.
Poco sabíamos que, 6 semanas después, una tormenta llamada pandemia cambiaría todo y el reto de mi pastelería en casa comenzaría.
El virus COVID-19 se extendió, y con él, el miedo y la incertidumbre. En un abrir y cerrar de ojos, mi agenda de trabajo se vació por completo.
Las llamadas de mis trabajos de niñera se suspendieron y el hotel donde trabajaba cerró sus puertas.
Como muchos en el mundo, me encontré encerrada, enfrentando la angustiante pregunta: ¿cómo iba a generar ingresos cuando todo se había detenido? La renta, la comida, los servicios… todo continuaba, mientras mi vida profesional se paralizaba.

La Chispa de un Negocio de Pastelería en Casa
Fue en esa encrucijada que pensé en uno de mis mayores talentos: la pastelería. Era la oportunidad perfecta para rescatar un sueño que había dejado atrás en Guadalajara. Empecé a buscar mis recetarios, mis notas y todo lo que me pudiera servir.
Pero un nuevo tropiezo se presentó: mi laptop se había dañado y, con ella, se fueron mis preciadas recetas y valiosos recuerdos familiares y de mi pastelería original. Aunque fue una gran decepción, no me rendí. Recurrí a un viejo libro de notas y a toda la experiencia que había adquirido con el tiempo.
El mayor desafío no fue solo la falta de recetas, sino mi inexperiencia en la decoración de pasteles, un trabajo que en el pasado siempre había delegado. Aquí, en mi pequeño departamento, el reto era hacer que mis pasteles, galletas y cheesecakes no solo supieran bien, sino que tuvieran una presentación impecable. «De la vista nace el amor», como se dice. A veces lo logré al 100%, ¡y otras veces no tanto!
El momento más vergonzoso fue cuando un pastel que decoré para una amiga, con una cobertura de queso crema, se desmoronó por completo como un iceberg al llegar a su casa. Por suerte, era mi amiga de toda la confianza, pero la anécdota me dejó una valiosa lección: ciertos materiales y climas simplemente no se llevan bien.
A pesar de todo, hubo un pastel estrella que siempre me salvó: el de zanahoria, el más rico y el que siempre me pedían.

El dulce sabor del fracaso y la lección de vida
Mi departamento se convirtió en mi pequeña cocina, y mi refrigerador, en un almacén de pasteles y postres. Pronto me di cuenta de una cruda realidad: este no era un negocio sostenible. No tenía suficiente espacio de almacenamiento para la mayoría de los productos que hacía y, lo más doloroso, las ventas no me alcanzaban para pagar los gastos de mi vida.
Me di cuenta que el negocio en casa era un reto enorme. Podía hacer unos 7 pasteles a la vez, pero mi refrigerador era el límite. Era imposible almacenar más, y esto me frustraba. El poco dinero que invertí en los ingredientes se iba en la renta, la luz y otros gastos.
Me di cuenta de que mi negocio de pasteleria en casa necesitaba de una infraestructura adecuada y de dinero, y en ese momento no tenía ni lo uno ni lo otro.
Cuando la pandemia terminó y pudimos volver a la normalidad, mi agenda se llenó de nuevo con mis antiguos trabajos. Así, mi pastelería en casa se convirtió en una valiosa lección: una historia de resiliencia, de intentar algo nuevo y de aprender a seguir adelante, incluso cuando el camino se pone difícil.
Hoy en día, de vez en cuando, horneo para una amiga que ama mis pasteles, un pequeño recordatorio de esa valiosa etapa.



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